viernes, 24 de octubre de 2008

Octubre

Odio a mis hormonas. Cuando revolotean y cuando saltan, cuando corren, cuando explotan, cuando me avisan de que este mes va a ser intenso, de esos abundantes de emociones poco emocionantes que me quitan las ganas de despertar durante 5 días. Sí, de esos meses que duran 5 eternos y fatigosos días. Este es el décimo, uno que ha venido revuelto. Quizá será por que es libra; desde ayer octubre me mece en su balanza de un estado a otro y de un momento a otro, subo y bajo como la marea en mi sangre. Mujer, ya sé que es complicado en días carmines reflexionar con la cabeza fría, incluso cuando lo consigo por un momento confieso que no tengo derecho a quejarme demasiado, pero encuentro, cómo no, un pero, de la mano de un sinsentido, cómo no, indispensable en esta fulgurante semana. Pues fuera todo está como lo estaba hace horas, pero ahora los ojos captan diferente y lo que antes era estabilidad ahora es como mínimo un seísmo de 3 grados en la escala Richter.
Por esa regla inquebrantable de la fémina naturaleza, desde ayer ya me empezaron a chispear como gotitas punzantes miles, por no decir millones y sonar exagerada, miles de emociones contradictorias, sensaciones que van y vienen a su aire de la cabeza a los pies, y repentinamente brotaron a su antojo las ambiguas intuiciones que me martirizan la cabeza. Porque en estos días, ante todo y sobre todo, EL UNIVERSO SE VUELVE AMBIGUO.
Por decirlo de alguna forma, siento plena necesidad de cientos de pequeñas cosas que algunas apenas ni sé cuales son, insignificantes detalles que en este instante si se hicieran realidad recompondrían mundos enteros. Pero lo último que quiero es pedir, sólo quisiera que todo llegara por su propio pie, sin pedir a nadie lo que pido incesantemente a puro grito mudo. No suplico, pero es que necesito. Y justo en este instante las condiciones se volvieron las menos oportunas para conseguirlo... Las emociones ganan, erróneas o no, vuelvo a sentir esa conocida melancolía. Aunque sé que es pasajera incluso una especie de espejismo, como tal se percibe y se siente hasta que desaparece.

Hace apenas 6 días alguien me contó al oído una de las cosas más gratificantes en mi vida, que, en una noche ya gastada, comprendió el sentido de un abrazo, y que lo hizo conmigo. Desconozco si el frío de estos días ha tenido algo que ver con que ahora, a medianoche helada, ansíe, sin suplicar, un abrazo… Algo tan simple, pero a la vez tan complicado si me pides que te de un motivo.

viernes, 3 de octubre de 2008

Es la voz ronca, que no me deja respirar. O es el sol que me ciega, o la luz que no me ilumina el camino. A veces son los pasos de nadie, otras veces el no sonido de la multitud. Pero de repente me ahogo. Son días amargos, días en los que echo de menos los días insípidos. Son días “sin motivos aparentes“. Todo pasa de repente; mi garganta se cierra y no me deja llorar. Sólo puedo esperar, rezar y esperar. Confiar.
Días atrás, pocos, o muchos, podía verte y sonreir. Porque te veía a ti. Porque todo era “aparentemente normal” y la evidencia no hacía acto de presencia. Podía salir, por momentos olvidar, eran los días superficialmente normales. Mi burbuja de jabón… De repente caí en picado. Esa idea de saber que todo sigue adelante iba apretando poco a poco y ahora me estrangula. Que nunca volveremos atrás, nunca volverás atrás, como siempre, ni yo volveré contigo. Ni veré a mi hermano mirarte. Ni volverás a entrar silenciosa por la puerta. Días atrás, pocos, o muchos, casi no era consciente. No quería abrir los ojos, sólo lo hacía por momentos y cojones. Ahora son diferentes, me doy cuenta.

Y el tiempo pasa despacio. Parece que el reloj cambia de velocidad cuando quieres disfrutar de algo, a cuando esperas. Ahora el tiempo es lento. He llegado al punto de desear eso que nunca pensé que fuera a desear. Y tengo tanto miedo. Tengo tanto miedo de que todo termine. Tengo tanto miedo de llegar a querer que termine. Y el tiempo se escurre como tus manos sobre las mías. Quiero dártelo todo pero no puedo, y no creo que me conforme con arroparte. Podría hacer más, lo sé, pero es como si al hacerlo... Una barrera. Porque nunca es suficiente. Porque quiero hacerlo porque sí, y no porque el destino me lo imponga a toda prisa. Asumirlo. Antes no lo hice, ahora casi del todo. Aún así sigo viviendo a tu lado con los ojos entreabiertos. Y me da miedo que no despiertes.

Han vuelto como nunca los días sin poesía.
Esto es lo que salió Er******, imposible crear una mínima belleza literaria, imposible ablandar la crudeza. Para qué gastar mi tiempo en embellecer una mierda de texto. Como mucho poner correctamente las tildes, es lo máximo que puedo hacer para que sea menos feo de apreciar para el ojo humano.
Un paso más hacia el surrealismo, es la pura realidad.

domingo, 14 de septiembre de 2008

De la piedra expresión

Aparecí desde una galería a la gran estancia blanca, era un día de sol y la luz se transparentaba a través de los vidrios de la gran cúpula, que empezaba a proyectarse desde lo alto de las columnas hasta resbalar en cada trozo de mármol, que eran decenas, si no cientos. Subí las escaleras que llevaban a la segunda altura abalaustrada, y ahí mismo frente a la mirada de tres alegorías para mí desconocidas, estaba otro por entonces desconocido viejo púgil. Me contrarió; pues antes de admirar el conjunto mi mirada se desvió al rostro, con sus muecas de terror e histeria, y no comprendía… Y fue su fuerte brazo, inmovilizado en su mano por sedientos colmillos, quien me llevó a comprender. Estaba siendo devorado.

Entonces entendí su angustia impotente ante la muerte. Rodeada de las demás obras, todas quietas y bellas en su contención, esta era salvaje, casi morbosa. Ante ella me detuve no sé si segundos o minutos, pero el tiempo justo para comprender que las manos de otro por entonces desconocido Puget habían creado de la piedra expresión. Fueron más que unas manos armadas con cincel, y en ese instante para mí fue más que una historia encarnada en un bloque de mármol. Sentí el pathos como Milón sentía las garras afiladas de aquel lobo convertido en león. Giré en torno a las dos bestias no sé por cuantas veces, porque primero el rostro me llevó hacia el brazo, y este me mostró el camino por cada músculo de la recta pierna, y desde el pie que arañaba el suelo ascendí con las tensas telas serpentinatas, que me llevaron a la espalda del hombre y el lomo del animal, y volví a encontrarme otra vez aquel brazo atrapado, volví a trepar al hombro y al cuello en su torsión imposible, y de nuevo mi ojo se detuvo ante la concavidad pétrea que era su boca, de la que emanaba el grito sordo, y en mi mente imaginé ese aullido desgarrador, que se elevaba hacia el cielo acristalado del gran Louvre.




Pierre Puget - Milón de Crotona (1671-82).

sábado, 5 de abril de 2008

Discordancia

La vida, ese antojo...


Lo más esencial de esta vida es aquello que no está en nuestra mano.


Y por esto, sin poder para planear nada, la eterna y divina providencia rige nuestros días a su antojo, respetado y sagrado antojo, injuzgable por un mísero ser humano.


Creo en su benevolencia, y en sus castigos justos, aunque a veces incomprensibles por un corazón, y creo en su incuestionabilidad, confío como de igual manera deseo que no me tiemble la fé en ello.

Mi ocasión, mi día y mi segundo que tengo ahora que es lo único que tengo, es este. Es una musicalidad casi entera. Como un armonioso pentagrama en el cual, de repente, una nota discordante se balancea… En medio de la armonía, algo se desequilibra. Es la nota más fuerte quieras o no quieras. Puede callar a todas las demás y puede romper con todo.


Qué cruel parece cuando no ves ningún camino trazado que poder seguir. Qué injusto parece cuando sin alternativa debes seguir el camino impuesto. Por esta vez el camino está despejado y el suelo sigue ahí, firme, aunque oscuro como una madrugada interminable.
Todo sigue en su sitio. Todo sigue en su sitio.


Irremediablemente… La puta nota discordante está presente: ahora únicamente sobra la incertidumbre que todo rodea… Todo está donde está, pero solamente por ahora, y hasta ahí puedo leer. La efimeridad crea miedo, abrir los ojos y dejar de sonreir y dejar de creer. Pero por ahora, todo sigue en su sitio.
Desearlo y querer saber, que todo, va a seguir estando en su sitio. Puedo desearlo y lo deseo, y lo ruego sin respirar.

sábado, 22 de marzo de 2008

Y de la noche a la mañana, aquella plenitud se deshizo como arena en mis manos.....

Y me quedé sin palabras.




Me pesa demasiado… El tiempo que vuela, las palabras que necesito decir pero que se han quedado mudas. Mi puto bloqueo como respuesta. El peso repentino de la vida, es la vida, que me ha roto las palabras.

Aunque siempre he sabido que hay más maneras a parte de las palabras para hablar, expresar o decir. Son limitadas, encadenadas, y lo que puedo tener dentro es algo inefable mediante ellas.
Sé que nunca me lo perdonaré si no empiezo a recomponer cada letra… Cada letra de cada palabra por decir… Y para ti, cada palabra de esas que no tienen letras, cada palabra de mis ojos, de mis manos en las tuyas, mis sonrisas que son para ti, mis abrazos y mis millones de gracias que también, son sólo para ti.
Nada más sirve ahora, no sirve analizar el motivo, nada sirve contemplar las lágrimas frente a la pared. Nada sirve salvo un abrazo porque sí seguido de un beso en la mejilla, una risa, o acariciar tu mano arrugada. Eso, lo que siempre he hecho, es lo único que puedo seguir haciendo. Y juro que lo haré eternamente. Tengo que hacértelo saber… Y deseo habértelo hecho saber, por lo menos, desde que aprendiste a mudar un pañal.
Lo que siempre he hecho, juro, que lo haré eternamente.
No te vayas.

domingo, 16 de marzo de 2008

La plenitud

Eso es la felicidad, la plenitud. Sentir que no quedan huecos vacíos ni agujeros por tapar.

Lástima de aquel que necesita demasiado. Es aquel que busca y busca, escarba y escarba buscando aire bajo tierra, cuando no sabe que para respirar sólo tiene que levantar la cabeza.

Bueno... todo es cuestión de tiempo.

Yo me siento plena, gracias a algunos cambios geográficos, a algunos cangrejos rojos, a algunas risas incontrolables, gracias a algunos nombres propios. Gracias a mí, que lo he conseguido.

martes, 19 de febrero de 2008

Rocío




Era una tarde fría, fría y helada como sus ojos de hielo verdes. Esperaba nervioso, mientras el humo de su cigarro se escapaba con el viento y junto al vapor de su respiración se fundían en el aire invernal.
“¿Dónde estás?” Su interior aullaba, pero sus labios rotos permanecían cerrados casi hasta chirriar sus dientes. Llegó la noche, más fría aún, ella no aparecía y él moría un poco más.


Tras el duodécimo crepitar de las campanas, sintió su presencia casi divina, la bruma la atrajo hasta aquella calle pedregosa, al final de la cual todo era oscuridad que parecía nacer del bosque más allá. Dos árboles negros marcaron su entrada y ella, envuelta en niebla y sombras empezó a caminar.


Una atmósfera evanescente dibujada por la bruma nocturna y la niebla invernal, en mitad de un espacio casi lúgubre ella coronaba el paisaje. Era negra, luego gris hasta que fue blanca.
Sólo el pum pum, pum pum de su latir interior y el ruido de aquellos tacones sobre la piedra helada, no oía nada más, pues todos sus sentidos estaban dirigidos a admirar aquel rostro de belleza frágil. Se acercaba y él intentó adivinar qué decía su expresión, pero la esperanza y el miedo le confundían.


Sus pasos eran firmes hasta que a un metro de distancia de él ella paró en seco. Permaneció quieto, sin respirar, o eso le parecía a él, y cuando ella empezó a hablar sus labios se abrieron como un reflejo timidamente, como si pidieran agua de su boca.


“No vuelvas a buscarme. Despreciame si lo deseas o ámame desdichado… Hace tiempo que dejaste de ser alguien para mí”. Después de hablar siguió herguida mirándole, su rostro temblaba y sus ojos gritaban, aunque él no lo entendiese no veía en ellos nada parecido al amor. Dónde estaba lo que ella tenía para él? En su interior su alma gritaba: “Te quiero!”. Pero las palabras caían en el vacío de aquella mirada que le oprimía.

Entonces, justo entonces y de repente, se dio cuénta y su sangre se paró; esta no era una de esas idílicas historias en las que ella le rechaza mientras en su interior explota el amor a borbotones. No había princesas ni flores ni perdices.


Su voz intentó alzarse (aunque nada había que decir), sólo un inaudible gemido. El frío exterior dejó de darle punzadas porque ahora era su mirada la que le castigaba.


Ella dio media vuelta sin vacilar si quiera y marchó sin mirar atrás. Desapareció como vino, entre la niebla nocturna, para siempre. Él y su quietud siguieron mirando el bosque oscuro durante minutos que no existían, deseando sin hablar volver a vislumbrar su silueta. “Vuelve…” Pero en su fuero interno él sabía con la mayor certeza que no iba a volver. Se había marchado, mas le había pedido que él también lo hiciera, y para siempre. De repente como un impulso su sangre volvío a circular, pudo mojarse los labios, las ideas llegaron a su mente y la evidencia rotunda acabó con la cálida esperanza. Sus ojos tenían lágrimas que no brotaban, no tenían para quién.

Sin vacilar más de dos veces, y sin pensar, se dio media vuelta y cogiendo aire se fue. Podría haberla seguido, pero no encontraba una razón para no acatar su voluntad. Justo antes de emprender la marcha que le alejara de ella, una rosa resbaló de su mano, y cabizbajo desapareció hacia el horizonte.


Una rosa roja perfumada calló en silencio y así yació inmóvil en la desgastada roca. Como testigo marcando la encrucijada de los dos caminos que separándose emprendieron.

Con las primeras luces del alba la rosa comenzó a llorar por no haber podido cumplir su cometido, la flor del amor, sus pétalos se llenaron de lágrimas por Rocío, la que no amo, Rocío, la que marchó en aquella noche cerrada… Lágrimas que bautizaron su nombre, el nombre que bautizó aquellas lágrimas de rosa...